sábado, 31 de enero de 2009

El tuerto. 93: Caronte acecha.

No era buena idea quedarse demasiado tiempo en el mismo sitio. Así que a pesar de que me encontraba muy a gusto en aquella tranquila mansión le dije a Rosita que por qué no nos marchábamos al Algarve, como habíamos planeado, y nos confundíamos entre la vorágine de turistas, muchos de ellos británicos como yo. Además, Rosita estaba un poco harta del tráfico de Lisboa, de los atascos y sobre todo de la forma temeraria que tienen de conducir, sin señalizar, cambiando bruscamente de carril, por no hablar de su nulo respeto a los límites de velocidad. Una gente encantadora, pero una vez al volante se transforman en furiosos kamikazes. Y yo con mi brazo manco, apenas un adorno, y con los reflejos embotados por las pastillas, ni de lejos podía soñar, ni apetecer, darle relevo en el volante.

Rosita estaba rara, afectuosamente apasionada, como siempre, pero se quedaba pensativa más a menudo de lo habitual, como si su mente volviera a Madrid. También debo confesar que yo no era un acompañante demasiado alegre en aquellas circunstancias.
-¿Te preocupa algo? -Le preguntaba, irónicamente, ya que quien debía estar preocupado era yo, pero las pastillitas me proporcionaban un efecto sedante que alejaba la preocupación y me hacía contemplar todo como en la distancia.
-No, es sólo que estaba pensando en todo lo que tengo pendiente de la joyería.
-Olvida la joyería, deja que Yasmín se ocupe.
-También tengo que reincorporarme al colegio.
-Pues si quieres regresamos a Madrid.- Propuse, y ella aceptó. Al fin y al cabo me daba igual un sitio que otro, Madrid era un sitio tan bueno como cualquiera para pasar desapercibido mientras me reponía, lenta, demasiado lentamente para mi gusto. Y así fue como el proyectado viaje por el sur de Portugal se quedó en palabras. Me dejé llevar, pasivo y dócil, de regreso a Madrid. Poco importaba el sitio, lo único que deseaba era descansar tranquilo y reponer mi brazo, al menos para poder mover y flexionar con moderada agilidad, pues ya asumía que ese brazo ya nunca sería el mismo. De hecho hice todo el viaje medio adormilado por las pastillas, y ambientado por la suave música Rosita sintonizaba para distraerse durante aquel monótono trayecto.

En el piso de la calle Velázquez disfruté unos días de calma externa y sosiego interno. Rosita y Yasmín salían por la mañana temprano, una al colegio, la otra a la joyería, y yo me quedaba plácidamente durmiendo hasta media mañana. Sobrecogido por extrañas pesadillas de las que me despertaba intrigado, y a las que daba vueltas mientras desayunaba un zumo, un café, una tostada, invariablemente y por ese orden. Después salía a la calle, a estirar las piernas, en un deambular que a veces me conducía hasta el parque del Retiro, a sentarme a tomar el sol en algún banco, imitando a los ancianos. Mañanas de jubilado, me decía a mí mismo, mientras me preguntaba, ¿qué pensarán de mi estos viejitos, qué se imaginarán que soy? Porque evidentemente son cotillos, me miraban con atención, alguno se atrevía a sentarse a mi lado, e intentaba entablar conversación.
-Hace buen día, ¿eh?
-Sorry, I don´t understand.- Le respondía yo indefectiblemente, con mi más cerrado acento londinense, rogando porque el viejo, o la vieja, no fuese angloparlante. Y me dio buen resultado. Pero al final opté por cambiar de itinerario. Y un buen día, contemplando los nuevos cuadros que había pintado Yasmín en sus ratos libres, elegantes paisajes que yo le había comprado para la decoración de mi hotel de Puerto Mogán, se me ocurrió visitar el paseo del Prado.

La verdad, hasta entonces no había sido yo muy dado a la pintura, dejando aparte aquel episodio de los cuadros que robamos y finalmente devolvimos por imposibilidad de darles salida. No me parecía útil, ni le encontraba el encanto, más allá de un ligero recreo para la vista, y en mi caso incluso eso estaba mermado, sería más exacto decir un medio recreo para mi media vista. Sin embargo, tal vez mi predisposición había cambiado por las circunstancias, porque en aquella primera visita y en las sucesivas hubo muchos cuadros que me impresionaron, algunos de manera especialmente fascinadora. “El paso de la laguna Estigia”, de Joachim Patinir.

Me llamó la atención muy a pesar de su pequeño tamaño, apenas un metro. Pensé que sería un buen paisaje para que lo recreara Yasmín, ese contraste de elementos y colores, el azul oscuro del agua, el blanco algodonoso de las nubes, los matices verdes en ambas orillas…y el fuego en expansión. Pero al leer el título, recordé la mitología griega y de golpe comprendí la metáfora de la muerte que encerraba el cuadro. El barquero no era otro que Caronte, y el fuego…sin duda el fuego del Averno. Sentí una profunda emoción. Ese cuadro era un “memento mori”, y yo realmente había presenciado muy de cerca la crudeza de la muerte, yo mismo a punto de morir, salvado por un maletín “Samsonite”. Pero, ¿porqué Caronte va casi desnudo?, me preguntaba, mirando como hechizado el óleo. Ese detalle me desconcertaba. Tuve que sentarme al caer en la cuenta de lo que significaba. Desnudo irás a la otra orilla. En la muerte ninguna de tus pertenencias te protegerá, ninguna de tus riquezas te aliviará, y ni siquiera tus vestidos impedirán que los gusanos den buena cuenta de ti.

Pero ¿por qué me impresionaba precisamente ese pequeño cuadro y no tanto otros que trataban de la muerte de manera más espectacular y cruenta? Sin ir más lejos el de Pieter Bruegel, con título bien explícito, “El triunfo de la muerte”, e imágenes espectaculares, apocalípticas, montañas de cadáveres.
Después de reflexionar, llegué a la conclusión nítida: lo que me asusta no es la muerte en sí misma, sino lo que viene después. Ya sea el infierno, o simplemente el vacío, la nada, la inexistencia, el sinsentido.

Intenté ahuyentar mis pensamientos contemplando otras pinturas de contenido más alegre, pero fue inútil, ni las majas desnudas, ni las venus, ni las bacanales pudieron cambiar mi estado de ánimo. Tan sólo otro paisaje, el “Embarco en Ostia de santa Paula Romana”, de Claudio de Lorena, con su majestuosa monumentalidad, consiguió que mi vista se perdiera en el brillante infinito del horizonte. Y tal vez esa era otra metáfora de la muerte más tranquilizadora: un horizonte brillante infinito en el que perderse.

Esa reflexión sobre la esterilidad de nuestros afanes me hizo intentar lo único que podía darme un poco de calor en medio de esa fría negrura que invadía mi mente: acercarme un poco más a Rosita, tratar de hablar con ella, saber qué era lo que le inquietaba. Así lo hice, y el resultado, tras bastante insistir por mi parte, fue que me pidió que nos diéramos un tiempo de separación, para aclararse, que por supuesto seguiríamos siendo socios, y podríamos vernos, pero que necesitaba su espacio y su tiempo. No sé si también consideraba –porque no lo dijo, pero yo sí lo pensé- que era conveniente que estuviéramos un tiempo separados hasta que se enfriara la investigación por el tiroteo y los cuatro muertos. En cualquier caso no tuve tiempo para muchas disquisiciones, porque a los pocos días recibí una llamada de Luis Tosco.

-Verás, es que ha estado aquí la policía, preguntando por tu amigo, Charles, querían saber si conocíamos su paradero. Y después han preguntado por ti, les he dicho que estabas de viaje, pero han insistido en saber dónde, y cuándo regresarías. ¿Qué les digo?
-Pues que estoy en Madrid y que regreso dentro de cuatro o cinco días.
-¿Qué está pasando? –Me preguntó.
-No tengo ni idea, pero no te preocupes, no creo que tenga nada que ver con nosotros; de todas formas en cuanto llegue, antes de ir a hablar con la policía, me reuniré contigo para que me cuentes los detalles, por si acaso podemos deducir de qué se trata.

Cuando colgué el teléfono debo confesar que no estaba sorprendido. En realidad era lo lógico. Casi hasta podía reconstruir los pasos por los que habían llegado hasta mí. Lo primero, al ver la droga en la furgoneta, y a poco que identificaran a alguno de los colombianos, habrían deducido fácilmente el tipo de negocio que condujo al fatal desenlace. Supongo que hicieron un peinado entre todos los posibles camellos y traficantes de Gran Canaria. Eso les habría llevado su tiempo, un tiempo precioso para mí, primero para curarme la herida, después para restablecerme. Tuvieron que interrogar a confidentes, consumidores y pequeños camellos, uno por uno. Al ver que en toda la isla no encontraban ninguna pista, extendieron el radio de investigación a las otras, empezando por Tenerife. En algún momento alguien le susurró a la policía el nombre de Charlie. Le buscaron infructuosamente, fueron a su casa, al no encontrarle solicitaron una orden judicial de entrada y registro en su domicilio. Entre sus papeles seguramente encontraron la compra de acciones de “Paradise Real State, S.A.” Tal vez incluso algo de la primera compra del terreno en el que ahora se levantaba mi hotel. En fin, nada serio, nada que no pudiera taponar con una buena y sincera explicación a la policía, que justificase mi relación y mis negocios inmobiliarios con él. Por fortuna, y a pesar de que él insistió muchas veces, yo nunca había frecuentado sus ambientes. No tenían ninguna prueba, de lo contrario no habrían ido a preguntar cuándo vuelvo, habrían venido a detenerme. Todo eso y más me decía a mí mismo para tranquilizarme.

No sé por qué extraña asociación de ideas, esa misma tarde de la llamada telefónica, se me antojó comprarme una Biblia, y así como antaño en cierta ocasión me dio por leer en voz alta la “Crítica de la razón pura” en alemán, ahora me dio por recitar Salmos con toda solemnidad:

“Tu mano derrotará a todos tus enemigos,
tu diestra destruirá a tus adversarios:
los convertirás en horno de fuego…
…pues han tramado hacerte daño,
han urdido intrigas, pero han fracasado;
tú los pondrás en fuga
en cuanto los apuntes con tu arco”. (Salmos, 21,9)

Y en verdad que esas palabras calmaban mi angustia, me proporcionaban la fuerza, el coraje, la serenidad, para enfrentarme a esos esbirros del poder que venían a molestarme por unos asesinos que habían fracasado y lo habían pagado con su vida, merecidamente.

4 comentarios:

Marta dijo...

Queridisssssimo Seewool,

Snif, snif, se acabó el amor entre Rosita y el Tuerto. En realidad no sorprende en absoluto, pues el revolcón de Rosita con Moon, ya hizo presagiar que las cosas iban a cambiar. El amor se convirtió en rutina, y hay que reconocer que el Tuerto es poco dado a romantacismos y amores duraderos. ¿Podríamos decir que es el precio a pagar por vivir en la delincuencia?

El retorno a Canarias le viene como anillo al dedo, para olvidar a Rosita - tal vez ya lo ha hecho -y para enfrentarse de nuevo a asuntos más economicamente cercanos a la realidad habitual.

Y por supuesto, no quiero pasar por alto las reflexiones del Tuerto ante las obras de Patinir y de Bruegel.

Al permanecer siempre al otro lado de la ley, para el Tuerto la idea de la muerte es siempre física, de desaparición, cuando en realidad es de transformación hacia otros estados. Ambos cuadros muestran la visión más desoladora de la muerte, y el Tuerto se siente afectado; en el fondo, se codea habitualmente con la Muerte y no en su estado físico: Existe muerte en el fin de la historia de amor entre Rosita y el Tuerto, en el desarrollo de los delitos que comete, etc.

Pero aqui nos encontramos al Tuerto filósofo y... bíblico. ¡Un delincuente leyendo la Biblia! Verdaderamente interesante, aunque ya sabemos que tu protagonista no es un pringao cualquiera.

En fin, el tema de este capítulo daría para mucho, y hay que dejar espacio para otros lectores que quieran comentar.

Mi admiración y respeto como siempre, querido Seewool, puesto que nos estás acercando al final, y no tengo ni pajolera idea de como lo vas a resolver. Es aboslutamente intrigante.

Besos y hasta la próxima.

Jack Blake dijo...

Hola. He de reconocer que, en este capítulo todo resulta impredecible. Pero, al contrario para El Tuerto, que es pura predicción delictiva, tiene atadas todas las cartas que puedan salir. Si sale, que la poli es tan tonta como se puede preveer, pues aqui no pasa nada y ya se verá que pasa con el tema de Rosita. Por otra parte, si sale que la poli es mas inteligente y mas impredecible que El Tuerto, este ya tiene en mente, que se cargará a los dos, tres o cuatro polis, que intenten detenerle. En cualquier caso, igual que en la Bíblia, todo esta escrito ya. Salvo un golpe de timón en el ultimo momento. Un saludo.

Joseph Seewool dijo...

Querida Marta. Me alegro que consideres que este capítulo de para comentar mucho. En realidad tu comentario es todo un post, que daría a su vez para un largo comentario de respuesta. Pero por ceñirme a lo que más me llama la atención, es esa reflexión tuya sobre la muerte simbólica..del amor entre Rosita y el Tuerto.
Y bueno, es sabida la afición de muchos criminales a leer la Biblia, mafiosos italianos, y sicarios colombianos destacan por su devoción. Y si no, basta leer a Fernando Vallejo, "La virgen de los sicarios".
Besos para ti, Marta.

Joseph Seewool dijo...

Hola, Jack. Que en esta fase final en que estamos, todo resulte impredecible, se me antoja buena señal. Esperemos que, cuando se despeje la incertidumbre, ésta no sea una decepción, como ocurre a menudo.
Saludos.