viernes, 9 de enero de 2009

El tuerto. 91: situación kafkiana.

Me encontraba muy quebrantado, de cuerpo y espíritu. Se había disipado la euforia tras el éxito de la operación, y en su lugar había dejado una especie de resaca en mi cabeza. El brazo me dolía como si el diablo se hubiera hecho cargo de él, en prenda o a cuenta de sus futuros derechos sobre mi alma o mi cuerpo, lo que fuese que debía sufrir el castigo por mis muchos errores. En el pecado –dicen- está la penitencia. Ese era, ni más ni menos, mi caso. Triste por la pérdida lamentable de Charlie, mi último amigo de los viejos tiempos, cómplice de fechorías desde la adolescencia, fiel y leal compañero. Sin embargo, su empeño en subir por encima de sus posibilidades le acababa de costar la vida en un estúpido incidente. Eso me llevó a una reflexión sumaria, y me prometí a mí mismo que jamás intentaría navegar en aguas demasiado profundas y procelosas para la envergadura de mis naves. Pero los propósitos son unos, siempre los mejores, y los hechos al fin son los que son.

Tomé un par de cápsulas de “adolonta” y al cabo de un rato el calvario se transformó en una molestia permanente pero soportable. Mi cabeza empezó a funcionar, tuve claro que Charlie debía seguir los pasos de Philip, es decir, se reuniría con él en las profundidades del Atlántico. Instruí a Dimitri sobre cómo debía proceder y lo que debía comprar, especialmente los cinturones de pesas. Alquiló dos vehículos (no quise tener ningún contratiempo más de movilidad), una furgoneta para trasladar el cadáver, y un turismo para los desplazamientos que necesitáramos. También alquiló una barca con motor en el puerto de pescadores. El dueño, un viejo y curtido pescador que al parecer complementaba sus exiguas capturas marinas con el subsidio de desempleo hasta su ya cercana jubilación, no hizo ninguna pregunta, se limitó a recibir de buen grado los billetes que le permitirían regalarse una alegría extra.


En mitad de la noche trasladaron a la barca el cadáver envuelto en una manta del hotel, junto con los dos subfusiles y los dos revólveres que se habían utilizado y por tanto era imprescindible hacer desaparecer. Tan sólo nos quedamos con mi revólver, la pistola de Charlie (ambos pasaron a poder de Ivo), y el fusil de precisión que fue guardado en un armario con doble fondo en el cuarto del gerente del hotel, del que por ahora sólo yo tenía llave. Con las primeras luces del alba Marco y Dimitri se hicieron a la mar. Me hubiera gustado acompañarles y en honor a Charlie disparar algunas salvas antes de sepultarle, hacer que pareciera un acto solemne. Pero Ivo salió a buscar al doctor y yo debía quedarme a esperar su visita y recibir la cura.

La herida evolucionaba normalmente a pesar del dolor, no había infección, no había fiebre. Tan pronto regresaran Marco y Dimitri de su expedición marina, les ordenaría que regresaran a Madrid en el primer avión y se reincorporaran a su trabajo en Esparta, S.A. De Ivo no podía prescindir porque necesitaba un chofer. El serbo bosnio había demostrado ser un hombre de recursos muy variados y eficaces para todo tipo de situaciones, y además no tenía que reincorporarse a ningún destino, puesto que no figuraba de alta.

Rosita me llamó para saber cómo iba todo, y se ofreció a volar hasta Las Palmas para hacerme compañía, pero yo rehusé por el momento. Las cosas no estaban en absoluto calmadas y no necesitaba más gente, sino menos, en el hotel. Ya de hecho nos habíamos trasladado a la última planta, a las habitaciones del fondo, para hacer que nuestra presencia fuera lo más discreta posible. Y desde luego, mientras estuviera acompañado por alguno de los hombres no permitiría que Rosita se reuniera conmigo.

El doctor Chaíd desinfectó y volvió a vendar la herida. Era muy hábil y cuidadoso en todo lo que hacía. Me sentí muy agradecido hacia él, de modo que quise saber cuáles eran esos problemas que tenía con su documentación, por si acaso podía devolverle el favor. Me extrañaba que siendo médico, y a su edad, viviera sólo en una pensión muy modesta. Lo que pude comprender y entresacar de su historia, teniendo en cuenta su extraña forma de narrar, sus circunloquios, sus elipsis, y mi desconocimiento del contexto histórico-político al que se refería, es lo siguiente:

Había nacido, vivido y trabajado de médico en El Aaiun, capital del Sáhara Occidental, cuando ese territorio estaba bajo mandato español, para ser exactos no era una colonia, sino una provincia española más, y sus habitantes gozaban de los mismos derechos. “Yo tenía mi pasaporte y mi documento nacional de identidad español”, me subrayó, e insistió: “soy español, y mis hijos son españoles”.

En 1976, meses después de que Marruecos invadiera el Sáhara, Chaíd se desplazó al desierto para ayudar como médico en los campos de refugiados saharauis. Su mujer y sus hijos salieron hacia las islas Canarias. Pasó un año con los refugiados. Al final, no pudiendo resistir la nostalgia de su familia, terminó marchándose también a Canarias, donde algunos años viviendo y trabajando como médico, siempre con su documentación española.
En 1980, al ir a renovar el documento nacional la policía se lo confiscó. Le dijeron que tenía que presentar un certificado de nacimiento. Lo solicitó al Registro Central, pero sus datos no aparecían. Las autoridades españolas, al abandonar el Sáhara, se supone que habían traído consigo los libros de registro civil. Sin embargo su certificado no existía, o no lo encontraban, o había sido destruido. Intentó presentar certificados de su matrimonio, y de nacimiento de sus hijos, pero no se lo admitieron como prueba de su nacionalidad de origen. Más tarde al ir a renovar su tarjeta de la seguridad social, le ocurrió exactamente lo mismo, sus datos también habían sido borrados. Asustado, contempló el último documento que le quedaba, su antiguo carné de médico. Acongojado, se dirigió al Colegio Oficial de Médicos, para verificar sus datos, y descubrió horrorizado que tampoco allí tenían noticia alguna de su existencia. Poco después, en el hospital donde trabajaba, se enteraron de su irregular situación, y le amenazaron que o pedía la baja del servicio, o le denunciarían por delito de intrusismo profesional. En una sus múltiples gestiones ante la policía, uno de los funcionarios, tal vez por compasión, o acaso por quitarse el problema de encima, le aconsejó que legalizara su situación pidiendo un permiso de residencia…como inmigrante marroquí en España. Chaíd rechazó indignado la sugerencia. “Eso supondría reconocer que no soy español”, apostilló. Más tarde, su mujer, cansada de la penosa situación que arrastraban, y enfadada con Chaíd por haber rechazado la humillante salida que le ofrecían, se separó de él. Se vio entonces sin pasaporte, sin documento nacional, sin titulo de médico, sin esposa, sin hijos. Lo había perdido todo…menos la dignidad, según él. Intentó entonces contratar un abogado que planteara su caso ante los tribunales, pero al no tener dinero, ningún picapleitos aceptaba el difícil encargo. Cuando por fin tuvo la inmensa suerte de tropezar con un letrado que de forma altruista se ofreció a representarle, se encontró con otro problema: para que el profesional le representara tenía que otorgar un poder, bien ante notario, bien ante el propio juzgado, pero para eso necesitaba un documento que acreditase su identidad, ya fuese pasaporte, documento nacional, permiso de residencia o permiso de conducir. Nada de eso tenía Chaíd, así que se quedó con abogado pero sin pleito que rascar. Era la pescadilla que se muerde la cola.

Y así estaba, dolido, resentido, dispuesto a morir de hambre o de miseria y que la culpa de la infamia cayera sobre las autoridades españolas. De vez en cuando hacía chapuzas en la economía sumergida, para sobrevivir malamente. La verdad, a mi me costaba mucho trabajo creer la historia, no tanto que el gobierno español hubiera sido capaz de tamaña injusticia, ya que mi desconfianza hacia los poderes públicos es innata, sino más bien me costaba comprender la cabezonería de Chaíd al no aceptar aquel permiso de residencia que le ofrecían. Por un instante incluso pasó por mi mente si todo aquello no sería la fantasía de su mente paranoica, traumatizada por la guerra del Sáhara. Supongo que algo de mis pensamientos intuyó Chaíd, ya que sacó su cartera y me mostró un viejo y gastado carné del Colegio Oficial de Médicos, con una fotografía desvaída pero en la que aún se podía reconocer un Chaíd joven, inteligente, vital, dinámico, ilusionado y brillante. En ese momento ya no tuve ninguna duda de la total y brutal exactitud de su historia.

-Me gustaría ayudarte, Chaíd.- Le dije. –Pero no sé cómo. Lo único que podría ofrecerte es un pasaporte falso…español, por supuesto. Pero me temo que eso no lo aceptarás. – Y por primera vez en aquella tarde noche, le vi sonreír abiertamente, supongo que gozando de manera efímera de la superioridad moral que poseía frente a mí. En ese momento entró Ivo en la habitación.
-Han regresado los pescadores.
-¿Ha ido bien la pesca? –Pregunté.
-La mar en calma y el viento favorable.
-Magnífico, ¿llevas al doctor donde él te pida?
-Con mucho gusto.

Cuando subieron Marco y Dimitri, confirmándome lo que me había anticipado Ivo, les comuniqué mi decisión de que abandonaran la isla y regresaran a Madrid. Pero de uno en uno, por si acaso.

2 comentarios:

Jack Blake dijo...

Hola. Este caso del Dr. Chaid, estoy seguro que pudo darse en la realidad. Es un cúmulo de despropositos, negligencia de las Administraciones Públicas, y dignidad del ciudadano de turno que, aún no comprende que a veces el sistema obliga al ciudadano honrado a convertirse en un ilegal, para tautalógicamente dejar de ser ilegal y ser aceptado como legal. Es, efectivamente, la pescadilla que se muerde la cola. Es el absurdo, como principio y fin de todos los problemas que se dan, tal vez, en el mundo entero.
Espero que, tenga un final a gusto de cada personaje. Un saludo.

joseph dijo...

Hola, Jack. Este caso SE DIO en la realidad, tal cual se cuenta, al pie de la letra. Y creo que tú estás en condiciones de entender a Chaíd.La única licencia que me he tomado ha sido la de hacerle coincidir con el tuerto. Gracias por seguir leyendo.